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La importancia de la competencia social como predictor de salud psicológica está bien documentada (Allen, Weissberg y Hawkins, 1989; Goldstein, 1973, 1981; Kendall y Wilcox, 1980; Sarason y Sarason, 1981; Spence y Marzillier, 1981; Zimmerman y Kenneth, 1992; Catalano, Kosterman, Hawkins, Newcomb y Abbot, 1996; entre otros). Roth (1986) definió a la competencia social como: “El grado de éxito que puede lograr una persona en situaciones de interacción o transacción que tienen lugar en un contexto interpersonal” (p. 30); Ford (1982) señaló que la competencia social “es la realización de objetivos sociales relevantes en contextos sociales específicos, usando los medios adecuados, resultando en un desarrollo positivo” (p. 323).
Las actividades prosociales involucran acciones que proveen a los jóvenes de oportunidades de desarrollo social y habilidades prácticas (Holland y Andre, 1987). Esto incluye la participación en actividades de iglesias, organizaciones comunitarias, actividades escolares, etc. (Greenwood, Model, Rydell y Cheisa, 1998; Lipsey y Wilson, 1997; Grossman y Garry, 1997). Algunos investigadores han encontrado que el involucramiento de los jóvenes en actividades prosociales está correlacionado negativamente con el uso de alcohol y sustancias tóxicas (Battistich y Hom, 1997; Maton , 1990), y correlacionadas positivamente con auto-concepto, aspiraciones educativas e involucramiento parental (Marsh, 1992).
Ahora bien, Carkhuff (1971) postuló que el entrenamiento de déficits conductuales específicos, como las habilidades sociales, es el tratamiento más efectivo en problemáticas como la delincuencia. Carkuff (1975) al observar el desempeño de jóvenes sobresalientes, no delincuentes y delincuentes de una misma comunidad, encontró que los tres grupos diferían en habilidades de subsistencia, trabajo y aprendizaje (considerando estas últimas como habilidades necesarias para adquirir principios, conceptos y acciones necesarias para desarrollar una vida planeada y dirigida.) Los jóvenes sobresalientes obtuvieron los más altos puntajes en estas habilidades, seguidos por los jóvenes no delincuentes.
Un enfoque dentro de este rubro es el entrenamiento en “habilidades para solucionar problemas” (Goldstein, Sprafkin, Gershaw y Klein, 1980; Kendall y Hollon, 1979; Meichenbaum, 1977; Sarason y Ganzer, 1973; Conduct Problems Prevention Research Group, 1992; entre otros). Dentro de éste se señala que la salud mental de las personas está relacionada con la forma en como resuelven sus problemas interpersonales (Urbain y Kendall, 1980). Jahoda (1953, 1958) enfatizaba que la solución de problemas interpersonales implicaba habilidades efectivas para el ajuste social y emocional y que la salud psicológica se relacionaba con secuencias de solución de problemas interpersonales caracterizadas por la tendencia para reconocer y admitir un problema, para reflexionar sobre posibles soluciones, para tomar decisiones y para llevar a cabo una acción.
Un estudio llevado a cabo con jóvenes en desventaja urbana fue realizado por Olexa y Forman (1984), en donde el objetivo principal consistió en determinar la relación de entrenamiento en habilidades para solucionar problemas y el cambio conductual, participaron cuatro grupos de adolescentes que se integraron en: a) entrenamiento en solución de problemas (incluía los tópicos de pensamiento alternativo, pensamiento consecuencial y toma de decisiones), b) costo de respuestas, c) solución de problemas más costo de respuestas, d) grupo control; y como era de esperarse, el grupo de entrenamiento combinado obtuvo los mejores resultados.
Johnson y Johnson (1995 a; 1995 b) realizaron dos estudios en donde entrenaron a jóvenes en habilidades de solución de conflictos en la escuela y en la casa, para que subsecuentemente los sujetos aplicaran esas habilidades en la solución de conflictos en ambos espacios. Este entrenamiento redujo de manera significativa los problemas en la escuela y facilitó el aprovechamiento académico de los jóvenes. Los mismos resultados favorables, los obtuvieron Hammond (1991) y Hammond y Yung, 1993, al desarrollar el “Positive Adolescents Choices Training (PACT)” que es un paquete de entrenamiento en habilidades sociales, que utiliza videotapes para enseñar habilidades sociales, tales como estrategias de expresión y respuesta a la crítica y soluciones negociadas ante disputas, específicamente al trabajar con jóvenes que habían sido considerados como violentos. El “Interpersonal Cognitive Problem Solving (ICPS)”, es otro paquete de entrenamiento en donde se enseña a niños a identificar problemas, reconocer los sentimientos de otros, considerar las consecuencias ante soluciones alternativas, y se evalúan los cambios durante el curso de acción del entrenamiento; los resultados han sido muy favorables (Shure, 1992, 1996 a, 1996 b)
Otra técnica dentro de este campo es la denominada “Modelo SOCS” (situaciones, opciones, consecuencias y simulación), de manera general, este entrenamiento considera el estudio de situaciones problemáticas de la vida cotidiana, la generación y examinación de alternativas de solución, el análisis de las consecuencias de cada una de ellas, y el ensayo o simulación de los cursos que se habrán de seguir al realizar una o más alternativas (Kiffer, Lewis, Green y Phillips, 1974). Estos investigadores argumentaban que un problema que contribuye a que la delincuencia se acrecenté en adolescentes es su conducta ante situaciones conflictivas con figuras de autoridad, como son los padres, los policías, los maestros, etc. También señalaron que los jóvenes delincuentes no poseen esta habilidad. Estos investigadores realizaron un estudio con adolescentes delincuentes y sus padres, en donde entrenaron a las parejas; en una primera fase, padres e hijos fueron observados en su hogar con la finalidad de detectar tres de las situaciones conflictivas más difíciles entre ellos, después se les pidió que en una discusión trataran de llegar a una solución aceptable para ambos, al final se les daba un resumen general de la discusión. En la segunda fase cada pareja participó en tres momentos de entrenamiento: a)simulación, en donde tenían que resolver situaciones hipotéticas conflictivas e intentar solucionarlas, b) discusión y práctica siguiendo el procedimiento del Modelo SOCS. Primeramente los entrenadores daban por escrito un listado de situaciones conflictivas hipotéticas, una lista de opciones de respuesta y una lista de consecuencias, posteriormente los entrenadores y las parejas discutían las opciones con sus probables consecuencias, y elegían la que consideraban más adecuada; finalmente cada pareja simulaba su rol de acuerdo a la opción seleccionada. En la tercera fase se llevó a cabo otra observación en el hogar con la finalidad de evaluar la generalización del entrenamiento. Después de un análisis sistemático de grabaciones en video-tape de cada fase, se observó que el entrenamiento fue exitoso, llegando a la negociación de soluciones que produjeron acuerdos en situaciones conflictivas, además estas conductas se generalizaron a situaciones de la vida cotidiana. Los logros sugieren que el cambio comportamental positivo en adolescentes puede prevenir posibles problemáticas que en el futuro pudieran manifestarse como graves problemas personales.
En el presente estudio, teniendo como objetivo primordial el evitar que jóvenes con problemas de conducta en la escuela fueran expulsados y/o desertaran de ésta, se les entrenó en habilidades para solucionar problemas, teniendo como base el Modelo SOCS. Adquiriendo las herramientas indispensables para posibilitar el mejoramiento de sus relaciones en la escuela, con la familia, con compañeros o amigos, con extraños, con el sexo opuesto y en general enfrentarse al medio ambiente tan complejo en el que se desenvuelven.
Revista electrónica de psicología
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